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A mi papá lo mataron


A mi papá lo mataron con veintiún tiros de metralleta. Veintiuno. taca taca taca taca

Veinte le agujerearon los pulmones. Uno le atravesó el corazón.

Ese último entró con rabia, cortándole la aorta. Porque cuando se te rompe una arteria así, no solo se va la sangre: se va el vínculo.

¡Mierda, me quedé sin mi papá para toda la vida!

No quedó oxígeno para el amor, ni latido compartido que nos sostuviera.
Lo que quedaba entre nosotros, lo biológico, lo cotidiano, lo que apenas empezaba a ser historia, todo eso lo mataron, fácil e impunemente. Como arrancar un pedazo de piel levantada alrededor de una uña.

Yo tenía apenas ocho años y ese día el mundo no se acabó,
pero se volvió irrespirable.
Como si de repente me hubieran soltado en un parque abandonado:
con unos columpios rotos que ya no se mueven,
toboganes oxidados que raspan la espalda,
y un letrero caído donde alguna vez hubo reglas.
Todo parecía un juego, pero sin niños.
Todo seguía en pie, pero ya no era para jugar.

Me enteré cómo se enteran los niños: sin entender todo, pero sintiendo que algo muy jodido había pasado.
Ese día, vinieron a golpear la puerta. Bajé a abrir. Era una de mis tías, con su esposo al lado, y una tristeza apretada en la cara, amarrando al dolor, como si quisieran tapar la tragedia con un gesto sereno.
“Espérese acá, vamos a hablar con su abuela”.
Pero un presentimiento se me atravesó. El cuerpo sabe antes que la mente.
Me fui al patio, me dejé caer, miré al cielo con los ojos aguados y pensé:
«Ay, que no le haya pasado nada a mi papá.»
Diez segundos después llegaron los gritos rotos de mi abuela:
“¡Yoyito, suba que mataron a su papá!”

Ahí empezó el quiebre. Todo lo que vino después es humo de memoria, fragmentos:
Mi abuela, tirada en el suelo, desgarrada en llanto.
Una llamada de un hombre, decían que era él quien había mandado a matarlo,
y yo, un niño, llorando al teléfono, gritando con rabia dirigida:
“Usted tiene la culpa. Mi papá está muerto por su culpa”.

Un ataúd entrando a la casa como un mueble incómodo,
pesado, ineludible,
como si la muerte también pidiera espacio entre la sala y la tristeza.

Una multitud curiosa se apretaba alrededor del cajón.

Alguien alzándome en brazos para que pudiera verlo.
Esa fue la última vez.

Después, el regreso al colegio
donde todos me miraban como si llevara la muerte pegada a la frente,
como si trajera estampado en la cara:
“Niño huérfano. Papá, sicariado”.

Las visitas al cementerio. El olor a eucalipto, limpiar la lápida, decorar la tumba con flores y palabras que volaban hasta el lugar donde viven los muertos.
Y un deseo absurdo, terco: que todo fuera un error. Que el muerto del ataúd fuera el papá de otro niño. No el mío.
Pero no.
Ese deseo, el de matar al papá de otro niño para que el mío viviera,
no me lo cumplió ni la estrella fugaz,
ni las velas apagadas de cada cumpleaños.
Yo soplé y el deseo se apagó con las velas.
y me dejó el alma abierta como carne sin sutura.

El sicario no lo supo, pero cada uno de esos tiros se me quedó adentro,
como secuelas que no sangran, pero joden:

-extrañar a alguien para toda la vida,
-no tener quién te enseñe a crecer,
-un corazón con déficit de atención, y de regaños paternos.
-una infancia sin manual, una rabia sin instrucciones.

Yo quería que mis heridas olieran a Mertiolate, no a pólvora.
Pero crecí con el pecho lleno de esquirlas,
con rencor fermentado,
con ganas de desquite.
Me relacioné a patadas con el mundo.
Lastimé a quienes se me acercaban con amor.
Fui espejo roto que corta a quien quiere ver su reflejo.
Fui repartiendo rabia como herencia,
contagiando mi desdicha como quien escupe una tristeza y espera que otro la trague.
No sabía amar sin sospecha,
cuidar sin miedo,
quedarme sin pensar en huir primero.

Y así, con los años, me convertí en eso que no quería ser:
una bala rebotando en otros cuerpos.
Un hijo del plomo.
Un niño con cara de hombre
que aún no encuentra dónde llorar tranquilo.

Quedé como una casa saqueada: todo está ahí, pero ya nada está en su sitio.

Y sin embargo, no me quejo.
No por resignación, sino por comprensión.
Porque como decía Spinoza: no hay que reír, ni llorar, ni maldecir, sino comprender.
El mundo no me debe explicaciones.
La realidad no es injusta: es inhóspita.
Y vivir no es pedir milagros, sino aprender a habitar el desierto sin dejar de ser agua.

No soy el niño roto que fui, pero tampoco el adulto entero que quisiera.
Soy la consecuencia que alguien no calculó, pero que ahora camina y escribe.
Soy lo que quedó en pie después de veintiún tiros.
Y no he sanado. Pero estoy aquí.
Todavía ardiendo.
Todavía vivo.

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