Enamorarse es un aguacero

Enamorarse es un aguacero.
No avisa, te deja así, empapado.
Como un carro que te salpica
justo cuando ibas tarde
y con el corazón lleno de papeles.
O llega suave,
como brisa en la nuca que se te mete por la espalda
hasta que se vuelve una tormenta.
Aparece el día en que no llevas paraguas, ni botas, ni paciencia.
Y cuando ya estás mojado por dentro y por fuera,
!Pum¡
Te encuentras ahí, bailando sobre los charcos.
Porque ya que estás mojado, ¿qué más da?
Y justo ahí, cuando empiezas a disfrutar la tormenta,
el cielo se aburre. Se abre. Sale el sol.
Y no calienta. Seca. Seca el piso, la ropa y también las ganas.
Y no sabes si darle las gracias o mentarle la madre.
¡Hijueputa!
Porque después del amor, todo se te pega.
Como una camiseta mojada que no puedes sacar sin romperla.
Que huele raro y no se seca nunca. Pero igual te la vuelves a poner.
Y no es que no te cuidaran,
no es que no te dijeran,
ven, escámpate.
Es que tú querías quedarte ahí,
con los ojos cerrados y la boca abierta,
tragando agua como si fueran besos.
Porque hay lluvias que son fiebre,
pero también son:
dos amantes en la esquina,
con la lluvia chorreándole las ganas,
bajo un aguacero pornográfico que parece bendición
y no el castigo de un cielo que está celoso
de dos amantes empapados de lujuria,
agarrándose el culo como quien se aferra a un naufragio,
con sus lenguas afiladas, borrachas, mojadas de fiebre,
cruzándose como espadas de esgrimistas en un duelo húmedo y sagrado sobre un ring sin reglas.
Esa lluvia enferma, sí, pero peor es secarse sin haber sentido el aguacero entero.